Siempre supe que no podía quedarme

Siempre supe que no podía quedarme

Ahora puedo reconocer que siempre lo supe, que no podía quedarme, siempre supe que todo eso de lo que alguna vez hablamos sí iba a suceder, pero no juntos, no como el gran equipo que éramos.

Porque sí que lo fuimos, éramos un gran equipo, para muchas cosas funcionábamos la mar de bien, para ahorrar, para viajar, para jugar ese estúpido videojuego militar de la invasión alienígena que me encantaba, para los concursos de mímica con mi troupe, para hacer ese ceviche que nos quedaba tan rico y que pudo haber sido una tradición, “nuestra tradición”.

Sin embargo, siempre lo supe, que no iba a quedarme, porque no podía, porque desde que te conocí cortaste mis alas, amordazaste mi magia y creaste un muro a mi alrededor donde sólo cabíamos tu y yo, y te lo permití porque creí que podría con ello, creí que algún día podría sacarnos de ahí y llevarte al mundo de colores que yo pintaría para ti, que algún día querrías dejar esa soledad que llevas cargando y que te acojona, aunque no lo reconozcas. ¡Inocente de mí! Nunca quisiste abandonar ese llano sombrío donde estás tan cómodo. Y es que así no se puede vivir amor mío, por lo menos yo no puedo, no pude.

Entonces me fui marchitando, mi luz se fue fundiendo de a poco y toda la felicidad que trajiste al principio se apagó con ella. Querías ser mi único sol, el agua de mis días y el aire para respirar, pero es que eso no es posible. Nunca he sido un lobo solitario, mi fuerza viene de mi manada y cuando me amarraste a tu lado, me debilité, mi voz se apagó, mis letras me abandonaron y me quedé sola, contigo, pero sola en ese cuadrito de paredes altas que construiste para mí, me llevaste a ese paraje desolado de tu alma y nunca quisiste realmente vivir en los claros de flores que tenía para ti. Y hubo momentos, muchos, en los que te odié, te odié con el poco fuego que quedaba en mí, donde lo único que quería era salir corriendo, donde quería derrumbar mi celda y correr, correr lejos, como endemoniada, hasta que mis pulmones ardieran y mis piernas ya se movieran por la inercia de la carrera, hasta que hubiera un lugar donde no existieras, donde no se construyeran cuartitos de muros altos sólo para dos.

Siempre me dijiste que era libre de irme, que “¡total! Una más, una menos”, pero mientras lo decías seguías añadiendo bloques a esos muros sin puerta. Y aprendí a vivir así, muerta en vida, en tu desierto donde siempre hay noches sin luna y sin estrellas, sonriendo cuando había que hacerlo, asintiendo cuando me preguntaban “¿estás bien?”, aprendí a sobrellevar la sensación de vacío en el cuerpo, como si sólo fuera una carcasa que podía hablar, caminar y sonreír para esconder el vacío que tenía dentro.

Había días en los que sólo deseaba que me partiera un rayo para sentirme viva de nuevo, había días en los que me miraba al espejo y no sabía quién era esa mujer triste que me miraba de vuelta. Pero después de un tiempo entendí que, a veces uno tiene que ser su propio rayo, que a veces uno tiene que invocar terremotos, tornados y huracanes que devasten lo viejo, lo podrido, lo inservible, que nos devuelvan esos días en calma, despejados y de cielos limpios que quedan después de las tormentas.

Y te juro que lo intenté, intenté salvarte de la vida, de ti y de los daños, intenté salvarnos y acabé dejando pedazos de mí en cada intento. Pero eres como ese náufrago que tiene tanto miedo, que lucha y termina hundiendo a quien llega a rescatarlo. Es que tal vez nunca quisiste ser rescatado y yo llegué con mi terquedad de valquiria queriendo destruir todo eso con lo que estabas tan cómodo.

Hoy después de un buen tiempo, por fin puedo reconocerme en el espejo, ya me siento viva, mis letras me perdonaron el desatino y volvieron, mi corazón que se había convertido en una roquita parecida a la de tus paredes, hoy late como loco y se enciende como hoguera de vez en cuando, le ha crecido musgo verde y una que otra enredadera de florecitas pequeñas. He vuelto a recordar cómo reír de verdad y el vacío acabó llenándose de mí misma, de todo lo que soy, de todo lo que siempre he sido y que olvidé por intentar ser quien querías que fuera.

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