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La Redacción

Francisco Guerrero el primer feminicida mexicano

28 diciembre, 2019

“Desde jovencito, Francisco Guerrero se familiarizó con el olor a sangre, el olor a muerte de los rastros, porque visitaba a su padre en su trabajo. Vio cómo se hacía la cuchillada del borrego, que remitía a los animales que se sacrificaban en ciertos festejos; ese sería su sello distintivo al matar a las prostitutas elegidas”.

Francisco Guerrero, “El chalequero”, fue el primer feminicida del que se tenga registro en México y en el continente americano

de acuerdo con historiadores y periódicos del Porfiriato, época en la que se hizo famoso por sus crímenes.

De 1880 a 1888, quedó consignado que degolló a 20 mujeres, cuyos cuerpos aparecieron en los márgenes del canal del Río Consulado que conducía a la entonces Villa de Guadalupe Hidalgo, en la Ciudad de México.

Fue enviado a San Juan de Ulúa y después a Lecumberri. La primera vez fue indultado por “El Dictador” y de la segunda cuando asesinó a una mujer de 80 años, cuyo cuerpo apareció con su sello: “la cuchillada del borrego”, un profundo tajo en el cuello y la cabeza casi desprendida del cuerpo, nada lo salvó y sólo salió de la cárcel para morir a los 70 años de edad en el Hospital Juárez.

A más de 100 años de su muerte (1910), el escritor Bernardo Esquinca lo trae al presente con “Carne de ataúd” (Almadía, marzo 2016), libro en el que la historia del también conocido como el zapatero asesino, le sirve para mostrar el trabajo de los primeros reporters de la nota policiaca, con el personaje Eugenio Casasola, abuelo del Casasola de sus novelas: La octava plaga y Toda la sangre.

La portada del libro “Carne de ataúd” es un grabado de José Guadalupe Posada que muestra al asesino serial cuando degüella a una mujer.

Hay otra cubierta con la fotografía de Francisco Guerrero en el patio de Lecumberri. El diseño es de Alejandro Magallanes.

Los personajes son: “El chalequero”, Eugenio Casasola el reportero que le sigue los pasos y comprueba que la muerte de la última víctima tenía relación con los crímenes de 20 años atrás; la médium francesa Madame Guillot,  el investigador Carlos Roumagnac (recreación de uno de los primeros criminólogos mexicanos), Murcia Gallardo, nombre verdadero de una de las víctimas, y quien en la novela es el amor de Eugenio Casasola, por quien decide enfrentarse a Francisco Guerrero y al mismo Dictador.

Dividida en cuatro partes, la novela está conformada por la narración del autor, las memorias del reporter policiaco Eugenio Casasola dictadas desde el Manicomio de la Castañeda; las reflexiones y recuerdos del asesino desde la cárcel; recortes de periódicos tal cual fueron publicados y otros recreados, que informan sobre las actividades de El chalequero.

“Muchos años han transcurrido desde que la calzada que conduce a la Villa de Guadalupe Hidalgo se hizo célebre, a la vez que temida, por las horrendas hazañas de aquel criminal a quien se conoció con el apodo de El chalequero.

Fue en la época en que cada cierto tiempo se hallaban tirados en distintos lugares de dicha calzada, pero muy especialmente cerca del Río Consulado, cadáveres de infelices mujeres, degolladas casi todas, después de que el feroz asesino hubiera saciado en ellas brutales instintos”.

En sus pesadillas, Francisco Guerrero recuerda las palizas que le daba su madre y el resentimiento que le guardaba, hasta el hecho de considerar que las mujeres le seguían debiendo y que era tiempo de volver a cobrar.

La relación con sus 13 hermanos y su imaginación delirante cuando estuvo en la cárcel en la que aparecieron personajes como la Mulata de Córdoba quien luego de acompañarlo durante una noche, huyó en el barco que dibujó en la pared de la cárcel.

Carne de ataúd es la novela en la que Bernardo Esquinca  también coloca a Porfirio Díaz como el autor intelectual de la muerte de periodistas cuyos cuerpos aparecieron –en la novela- con la lengua arrancada a mordidas, en relación a la falta de libertad de expresión en los medios impresos.

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