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El peligro de convertir las prácticas ecológicas en una moda

12 noviembre, 2019

Hace poco me encontraba en la red con una anécdota, una chica había encontrado un comercio cercano a su casa con productos cuya finalidad es reducir los desechos y llevar a cabo prácticas más verdes. Sin embargo al pedir información sobre los productos la vendedora le daba información escueta que daba la impresión que  no sabía lo que vendía, rematando con un “ya saben que lo ecológico está de moda”. Y en verdad parece que últimamente las prácticas ecológicas parecen más una moda que una tendencia con la que debemos comenzar a vivir y añadir a nuestras prácticas diarias para que las siguientes generaciones las apropien y finalmente las normalicen.

Recordemos que nos encontramos en una época en la cual es urgente cambiar por completo nuestras prácticas en torno a la generación y manejo de desechos orgánicos e inorgánicos, cuidado y preservación de recursos naturales no renovables, la reducción de actividades que generen gases contaminantes que afectan la capa de ozono, provocan el efecto invernadero y el calentamiento global;  así como aquellas que contaminan ríos, lagos y mares, entre un largo etcétera que nos pide a gritos cambiar completamente nuestra forma de vivir. Si bien el cambio se mira progresivo, la realidad es que la base económica mundial impide que este tipo de cambio se dé inmediatamente, sobre todo en un mundo donde la inmediatez y la comodidad van de la mano de la contaminación, y en lugares donde la inaccesibilidad a servicios básicos a falta de infraestructura de saneamiento del agua, impide que pidas un vaso de agua y se prefiera una botella de agua, o que se necesite plástico para materiales esterilizados a falta de un lugar que no cuente con las características necesarias para atender una emergencia.

De este modo podemos ver que las prácticas no son una moda sino una cadena de acciones que se complejizan más y más y no podemos “ecologizar” todo, sin tener en cuenta que aún no estamos preparados en muchas partes del mundo donde el agua no es un derecho sino un lujo, y los plásticos hacen la diferencia entre la salud y la mortalidad. En donde no podemos pregonar “planta un árbol”, sin antes saber que hay estudios que indican que el suelo necesita ciertas especies endémicas de árboles y que no se puede plantar cualquiera porque esto significaría poner en peligro el ecosistema.  En donde no es necesario ir a la playa o a la laguna para meterse, cuando en realidad pasar tiempo ahí es sinónimo de erosionar, contaminar y hasta poner en riesgo ciertas especies en peligro de extinción – sin ir muy lejos tenemos como ejemplo los estromatolitos en Laguna de Bacalar –, porque si bien el turismo es una fuente de ingresos y significa una mejoría económica en la población y creación de empleos, también  significa contaminación y hasta posible desastre. A eso último se aúnan otras actividades económicas como la minera, la agrícola y ganadera que contaminan cenotes, lagunas, ríos, mares, freáticos, destruyen la biodiversidad y la capa de ozono lentamente, y todos ellos son bases de la economía. Si pensabas que nuestro mayor contaminante eran los plásticos, cada vez que comes carne, compras un celular y comes aguacate contribuyes a la contaminación, de ahí que en realidad la mejor forma de frenar el cambio climático es dejar de reproducirnos.

Ya entrando en temas más locales, basta con cambiar progresivamente nuestras prácticas, informarnos adecuadamente al respecto, no comprar accesorios que minimicen nuestros residuos por moda, porque sólo nos traerá una mala experiencia a falta de un uso adecuado y decepción por no saberlo utilizar adecuadamente, reincidiendo en lo que debemos cambiar. Pensemos que practicas pequeñas tal vez no pueden frenar los sucesos, pero pueden ralentizar el proceso y posteriormente hacer un gran cambio.

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